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Frustración 2.0: La web inútil

Frustración 2.0: La web inútil

Las transformaciones que la Revolución Agrícola significó, llevaron miles de años. Las de la Revolución Industrial, cientos. Las de la Revolución Digital, con apenas medio siglo, no han hecho más que empezar, son presente rabioso, de cambio acelerado y efervescente, y no nos queda otra que esforzarnos en comprender lo que sucede a medida que sucede; comprender para actuar en consecuencia, para adaptarnos a las nuevas circunstancias lo mejor que sepamos y seamos capaces. No nos cansaremos de repetirlo: si no comprendemos, si no entendemos el enunciado del problema, difícilmente podremos orientar nuestras acciones de forma óptima y efectiva.

Para ilustrar este grado de incomprensión fundamental del enunciado, de la circunstancia, quisiéramos valernos de un ejemplo básico que nuestros años de experiencia en el universo digital nos siguen confirmando día a día, ejemplo en el que infinidad de PYMEs y emprendedores de todo calibre sabrán reconocerse. Se trata de “la página web que no funciona”.

Importante entidad que opera dentro del sector inmobiliario, de ámbito regional y con pretensiones de expansión a nivel nacional e internacional (o sea, web en varios idiomas) invierte en la creación de un portal inmobiliario para la compra, venta y alquiler de inmuebles. El portal le cuesta en torno a los 50.000 €, a los que añade otros 50.000 € anuales para promocionarlo en los buscadores (AdWords). Para su desesperación, no sólo no consiguen visitas ni interacción con su portal –lo que significa que amortizan muy poco o nada–, sino que hasta los propios empleados utilizan los portales de la competencia como referencia…

Novedoso producto de gama alta con enorme potencial y proyección internacional invierte 40.000 € en una página web, que debe servir de escaparate a la altura de las circunstancias y acorde a la categoría del producto. En menos de dos meses, empiezan a sospechar que algo se les escapa, pues tras la promoción inicial de la web, el tránsito y la interacción tiende a cero…

Pareja de emprendedores con acceso a una amplia gama de productos de calidad en el sector de la belleza y la salud, invierten sus escasos recursos en una tienda online –alrededor de 3.000 €–; con la ayuda de unos cupones de AdWords, los primeros meses de actividad dan lugar a un balance de 29 visitas y ninguna venta…

¿Les suena?

En 1995 –hace casi veinte años– los países integrantes del G7/G8 crearon la iniciativa Un mercado global para PYMEs, con la intención de acelerar el uso del comercio electrónico entre las empresas de todo el mundo. Pero para participar de tal mercado, había que estar en Internet, y una consigna corrió como reguero de pólvora: “si no estás, no existes”. Dicho de otro modo: si no tenías página web, estabas fuera de juego, no eras nadie. La fiebre de la Web 1.0 había comenzado, y en poco tiempo, a velocidad vertiginosa, los cientos de páginas web se convirtieron en miles, y los miles en millones…

Tal vez cabría considerar también que, dentro del abanico de comportamientos humanos –y tal y como demuestran los más recientes estudios en neurociencia–, alrededor del 50% de los individuos, ante una situación determinada, se comportan por puro mimetismo. Es decir, hacen lo que ven que hacen los demás, incluso sin tener claro en absoluto el porqué o para qué lo hacen o si eso que hacen es lo que más les conviene.

Fuera como fuere, el caso es que se aceptó el imperativo de que había que tener una web. Y se aceptó como se acepta tener tarjetas de visita; es decir, como un accesorio, al que, además, se le atribuyen propiedades quasi mágicas y efectos automáticos: si pongo una web, todo el mundo sabrá de mi negocio, de mi proyecto o iniciativa, o sea clientela segura… Tengo productos, pongo una tienda online… ¡y a vender!

Fueran empresas o entidades ya constituidas, fueran nuevos proyectos de emprendedores, se lanzaron a invertir en tener una web, o un portal o una tienda online, para comprobar que, una vez que ya la tenían, no pasaba nada, no la visitaban más que amigos, familiares, empleados –más por compromiso que por otra cosa, como el que te visita cuando te mudas de vivienda– y los robots de los buscadores –porque no les queda otro remedio–. De hecho, llega un momento en el que, hastiado, ya no la visitas ni tú…

Lo que no se había comprendido es que aquella página web no era un mero accesorio, sino que debía pasar a formar parte y responder a cualquier planificación de negocio, marketing y comunicación que la empresa pudiera y debiera tener, con los cambios y los ajustes que ello pudiera implicar dentro de las estructuras y los procesos de la empresa o la entidad, incluso en el mismísimo modelo de negocio.

Y así, aquello que se contempló como inversión se acaba computando como puro gasto, como dinero tirado a la basura, llevando a muchas PYMEs y emprendedores a tirar la toalla en el territorio online, y, lo que es peor, a acumular un grado de frustración, desidia y descreimiento que en la mayoría de los casos no los beneficia en particular –pues los aboca al inmovilismo y a aferrarse a modos caducos, con las consiguientes pérdidas de competitividad–, con lo que ello influye, además, en el paisaje general: en un marco de plena transformación y cambio, cuantas más piezas hayan enrocadas en posiciones conservadoras o inmovilistas, más difícil resulta el avance, el desarrollo y el crecimiento del conjunto del tejido productivo.

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